HOY CUMPLO 100 AÑOS

Pablo Sanz Gutiérrez 17/11/1917-5/1/2021 Toda una vida (capítulo 1)

Domingo 19 de Julio de 1936

Nos encontrábamos, como era habitual los domingos, bailando en «El Dancin» de la Bombilla, que era uno de los lugares de diversión más baratos. Por 1,50 ptas teníamos baile y merienda (cerveza y bocadillo). Cuando se estaba terminando el baile, entraron unos individuos con fusiles y monos azules (después se llamaron milicianos) y nos desalojaron porque estaban tiroteándose con unos falangistas, al grito de: «¡El ejército se ha sublevado! ¡Ha estallado la guerra joder!».

Yo estaba bailando con una chica que conocía del «Leganitos» en la plaza de España. Ella trabajaba en la calle Escosura y se llamaba Elisa. Era de noche y la acompañé hasta su casa, donde servía. Bajamos por la orilla del Manzanares hasta donde hoy está el estadio Calderón, paseo de los Melancólicos. Al pasar por la pradera de San Isidro se oían disparos (estaban muy cerca). Subimos por la calle Toledo, Santo Domingo, San Bernardo, Quevedo, hasta Escosura.

Entonces no existía el D. N. I. Tenía una cédula personal sin foto y el carné de la U. G. T. Durante el trayecto a pie, nadie me detuvo. Al final de la madrugada, llegué a mi casa en el Puente de Vallecas.

El lunes, la gente estaba muy nerviosa. Los rumores, los tiroteos… No sabíamos qué pasaba. Nos reunimos en el barrio varios amigos y la curiosidad por saber qué ocurría nos llevó a la Plaza de España. Cogimos el metro que desde ese día era gratis, como muchas cosas; solo había que decir en voz alta: U. H. P. (Significaba «Uníos, hermanos proletarios»). Así que pedías tabaco y unas cervezas, decías U. H. P. y salías sin pagar nada… Aquello no duró mucho.

Llegamos a la Gran Vía y bajamos por la plaza de Oriente hasta la calle Ferraz. Se oían tiros en el Cuartel de la Montaña. Se habían hecho fuertes falangistas y parte del ejército que se había sublevado. Allí hubo una lucha tremenda con muchos muertos y fusilamientos… Bajamos por el paseo San Vicente y la primera calle a la derecha daba a una cuesta a la espalda del cuartel. Las balas silbaban por encima de nuestras cabezas, porque la calle estaba más baja en la trayectoria.

De repente, se hizo un silencio, seguido de un griterío. Se habían apoderado del cuartel. Corriendo, entramos todos los amigos en el patio. Lo que vi no me gustó nada: estaba plagado de cadáveres de soldados, de falangistas, de oficiales del ejército. Fueron los primeros muertos de la guerra civil que vi, un impacto tremendo, difícil de olvidar… Aquello era un caos, una locura. Me encontré con un primo hermano que estaba detenido-preso; estaba haciendo la mili de voluntario y estaba en un aprieto. Sacamos la cara por él y salió del cuartel sin ningún contratiempo. (Años después, coincidimos en el batallón disciplinario en el que estuve «condenado» en África).

El Cuartel de la Montaña era un polvorín repleto de armas y explosivos. Dentro del cuartel, entramos a tropel en medio de una avalancha en una sala donde estaban almacenados fusiles y municiónes. Nos armaron  a todos. Yo, cogí un mosquetón y municiónes. Cuando  salimos a la calle, yo no sabía ni como se cargaba el fusil.

Volvimos por la Gran Vía; todo eran griteríos. Desde un piso alto del edificio del cine Coliseum, empezaron a dispararnos. Nos guarecimos detrás de un coche. Al principio, no sabíamos dónde estaba el francotirador, hasta que uno de mis amigos lo descubrió. Hacia aquel piso, empezamos a disparar. Fue la primera vez que disparé al azar, pues yo no había visto a nadie. Nos dejaron tranquilos y seguimos nuestro camino hasta el Puente de Vallecas. La gente estaba en la calle como loca, gritos desaforados, canciones. No sabíamos lo que iba a pasar. Yo esperaba que, como en otros momentos de huelgas y concentraciones, pasado un tiempo, todo se normalizaría. El resultado fue muy diferente: tres años de pasar toda clase de calamidades. Yo tenía 18 años y no había salido nunca de Madrid, ni de casa. Allí me uní a un grupo de la CNT.

Con el grupo de la CNT patrullamos Madrid de punta a punta. En la plaza de Santa Barbara, esquina con Fuencarral también nos tirotearon. Parte del grupo subió a la casa, registrando piso a piso, sin encontrar al autor de los disparos.

Eran muchos los que se camuflaron, y para salvarse se hicieron de la CNT. Después se les llamó La quinta columna, traidores ‘emboscados’ en territorio enemigo. Su guerra secreta tras las líneas republicanas. Cuando se acabó la guerra, muchos se hicieron falangistas; estos fueron los peores asesinos, amparados en la impunidad que les daba el uniforme.

Un día, estando «El maestrillo», «El Jaro», Manolo y yo frente al cine Gimeno, había una manifestación de gente. Gritaban de alegría, cantaban, no sabían lo que después tuvimos que pasar, después de tanta euforia. Paró un camión y unos milicianos subidos al pescante arengaban a la gente a subir al mismo. ¡A Burgos! ¡A Burgos!, decían gritando. Nos subimos los cuatro al camión (éramos unos críos de dieciocho años). Nos llevó hasta Cibeles, al Ministerio del Ejército, nos cargaron de municiones y en camiones partimos ya de noche avanzada. Cuando llegamos a Colmenar Viejo había allí muchos más milicianos (así nos llamaban al principio de la guerra).

Todo era caótico, no había mandos y cada cual hacía la guerra por su cuenta. Pasamos el día en Colmenar y después de comer partimos hacia Burgos. Nos dieron suministros que consistían en una cantimplora de vino y una lata de mortadela para cuatro. Al llegar a Somosierra, una lluvia de disparos nos paró en seco; venían de todas las direcciones. Nos dimos cuenta de que teníamos enfrente al ejército sublevado, cortándonos el paso. Parapetados, pasamos la noche tiritando bajo un frío intenso; las noches en la sierra son gélidas, a pesar de que aún estábamos en verano. ¡Nos comimos la mortadela y me sentó fatal! (No he vuelto a comer jamás la dichosa mortadela).

Continuará…