No, no es una enfermedad, pero duele. Duele en lo más profundo, allí donde no llegan los remedios, donde no hay medicinas que lo mitiguen. A veces, es por el estómago, otras por los intestinos o el corazón. —¿Quién dijo que el corazón no duele?

Ese carraspeo que no logro quitarme. Esa desazón que me impide respirar. Ese suspiro que no logro contener. En mi cabeza se desata una riada desbocada de pensamientos atropellados que forjan historias, historias que a fuerza de repetirlas pasan a ser verdades.

Ser arrastrada, que no calma el agua fría, agua que no apaga un incendio. ¡No hay solución! Es un sinsentido, al lado de un río, hacer un pozo. Calmar mi amor con otro amor solo hace añorarlo con más fuerza…

Morir de amor, es vivir amando. Arder por dentro, calmar ese fuego con besos, caricias y sexo salvaje descontrolado hasta desembocar en un orgasmo placentero, doloroso, sublime y luego paz, y más paz, qué se rompe una vez más, con más besos y más sexo, hasta caer extenuado de tanto dolor y placer.