La playa, nuestra playa, ahí está, radiante, limpia y en calma.

Es un día especial en nuestra playa. Es como aquel día en que gritaste al viento: mi alma es feliz.

El loco pelirrojo se acerca canturreando con su transistor pegado a la oreja y su flequillo flácido bamboleándose igual que siempre, como el año pasado y el anterior, como si nada hubiera cambiado. Lo temía: me pregunta por ti y no sé qué decirle, porque no quiero decirle que no estás, que ya nunca más estarás para él en nuestra playa; a partir de ahora, solo estarás para mí en nuestra playa.